sábado, 23 de marzo de 2013

Perfecto.


Todo pasó muy rápido. Muchos nervios acumulados nos agobiaban mientras la gente iba llegando al salón de actos. Todos estábamos impacientes, por un lado por empezar y por otro, por acabar.

Vestidos impecables, como si de verdad trabajáramos en esto. Trajes elegantes, barbas, bigotes… las sirvientas con sus delantales, túnicas, cofias; los mayordomos con sus trajes y pajaritas; incluso un vestido de novia hubo…
En seguida, la sala se llenó; pero gracias a un foco bastante grande que había en el borde del escenario, conseguimos que toda esta gente pareciera menos (ya que con tanta luz, era muy difícil mirar al frente).
Además yo actuaba sólo en el segundo acto, por lo que aún tuve más tiempo para inquietarme; aunque mientras, tengo que decir que lo hicieron muy muy bien.
Todos los contratiempos que sorprendieron en el desarrollo (omitir frases, objetos caídos cuando no se tenían que caer…), los supieron erradicar perfectamente.

Salí. Tampoco fue tan vergonzoso, salvo por el papel que hacía (tuve que cantar una pegadiza pero también absurda melodía).
Bueno el caso es que ante los aplausos merecidos que el público ofrecía a nuestros compañeros, iba llegando el final de la obra.
Resuelto ya el desenlace, salimos orgullosos de dos en dos (las parejas de personajes que se habían ido haciendo: sirvientes, hijos, protagonistas, policías…) y nos inclinamos para saludar. Colocados de forma ovalada y agarrados de las manos, volvimos a hacer lo mismo pero todos juntos. Un momento demasiado emocionante, que, cuando entró el director y nos dedicó unas palabras a la vez que recogía nuestro detalle de agradecimiento, aún lo fue más.

Lo que tanto tiempo habíamos trabajado, se quedó recordado en un DVD, pero también en nuestra memoria. Y aunque casi siempre acabo las entradas diciendo que estos detalles son los que recordaremos de mayores, en esta ocasión aún lo repito con más fuerza; y es que lo más probable es que sea la última vez que nos subamos a un escenario todos juntos y por eso, lo vivimos con mucha más emoción; y más sabiendo que, como dijo Jesús (porque también formaba parte de uno de los diálogos): nos había salido de NÁCAR.

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