Nuestro
último año. Nuestra última oportunidad para caernos y levantarnos cuando se nos
pasen los ataques de risa propios de vernos hasta las cejas de nieve y con los
esquís tan cruzados que parece imposible volver a esquiar en toda la mañana.
Ya no
haremos ese madrugón ilusionados, ni veremos las montañas llenas de nieve con
asombro, ni nos darán ganas de tirarnos y hundirnos en la nieve…
Pero ya
hemos tenido la oportunidad de vivir esta experiencia durante cuatro años y lo
seguiremos recordando con mucho cariño.
Ahora les
toca hacerlo a nuestros hermanos, y cuando lleguen a casa sin poder moverse del cansancio, nos traerán recuerdos
que parecerán tan recientes como lo siguen siendo nuestras funciones de navidad
de primaria.
Pero también
hemos mejorado mucho, incluso nos caemos muchas más veces cuando estamos
quietos que en las bajadas (no sé si eso es progresar, pero lo hemos intentado)…
Así que
solo me queda despedirme de esas grandes nevadas que en Zaragoza son imposibles de observar, y ponerme melancólica dentro de unos años al recordarlo...

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